Vean, escuchen, ésto. En unos días más lo comentaré…
(A mí como más me gusta escucharlo es con la mirada puesta en mis manos. Pero cada cual escúchelo a su manera…)
Vean, escuchen, ésto. En unos días más lo comentaré…
(A mí como más me gusta escucharlo es con la mirada puesta en mis manos. Pero cada cual escúchelo a su manera…)
| http://www.brunijazzart.com/library/artists/stevie_wonder_painting_117_30x40_mosaic.htm |
Invitado el jueves 26 de agosto a la inauguración del semestre académico de las escuelas de comunicación, cine y periodismo de la Universidad de Viña del Mar, me preguntaron, en un aula magna repleta de alumnos y personalidades, cómo surgió mi actual interés por China, su historia, su idioma, su gente y su cosmovisión.
Esto me lo han preguntado varias veces en el pasado, y siempre he esquivado el bulto… que ya ni me acuerdo, que los vaivenes de la vida, etc… Pero allí no había cómo escurrirse. Continúe leyendo Esquelas, jabalinas y ojos de buey (Por qué China – 1)
Por favor lea la primera parte antes de leer ésta: Zorros, puercoespines y gallos de ficción – 1. Si no, va a quedar un poquillo colgada(o).
…La del zorro era tan obvia, pero la misteriosa identidad del puercoespín (ya, pongámonos doctos, qué tanto: “en la tradición europea”) fue algo que me costó más desentrañar…
Partí recordando el cuento de los Grimm, La liebre y el puercoespín. Pero ese, aparte de torearme con la fantasía de que de haber yo sido puercoespín ya habría pillado y dejado atrás a mi liebre qué rato, resultó una veta estéril. Para urdir pillerías con el zorro bastaba. Por ese lado la diferencia entre zorro y puercoespín se me despejaba más rápido que la “x” de cualquier rasca ecuación. No. Tenía que haber entre ambos una diferencia más sabrosa, si no Berlin no se habría encendido con ella… Continúe leyendo Zorros, puercoespines y gallos de ficción – 2
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| Van Gogh, Lirios |
Me sumo a la cola en el Big John. Hay conmoción en el ambiente. Se habla de un asalto que acaba de ocurrir allí hace unos minutos. Un muchacho encañonó al dependiente y se llevó $83.000… pero parece ser que lo pillaron frente a la farmacia y “ahí está en el suelo, con una patota dándole…”
“Hasta que llegue algún progresista a defender los derechos humanos del delincuente” – dice delante mío una mujer joven (bueno, harto más joven que yo), bien vestida y de acento vitacureño. Anticipo que va a comprar cigarrillos pues no lleva mercadería en las manos. Continúe leyendo Tom y el lirio cortado
Sábado 14 de agosto, 9 AM. Voy saliendo a Valparaíso, a buscar unas cajas que me han llegado desde Royal Holloway University of London (mi universidad). Vienen libros, videos, papeles y diversos cachivaches que poblaban mi oficina, el detritus de 20 años de docencia.
(Me he medio jubilado con anticipación, para poder pasar más tiempo en Chile, y viajar más a mis anchas por aquí y por allá. Dejé la docencia pero conservé mi rol de investigador. Sugerencia de ellos, no porque me crean el descueve, sino porque seguiré investigando igual, y podré así seguir ayudando a sumarle asteriscos a nuestro estrellato en investigación teatral en el Reino Unido. Al momento hemos llegado a 5 estrellas con 1 asterisco. Eso está bien, muy bien. Pero si los asteriscos llegaran a 2 haríamos cumbre, alcanzaríamos the top of the top. De allí la importancia para ellos del arreglo. Continúe leyendo Zorros, puercoespines y gallos de ficción – 1
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| imagen: poppypetunia.blogspot.com |
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| imagen: Enzo Cozzi, día del niño 2010 |
8 de Agosto de 2010 en Santiago de Chile. Estamos en el día del niño y ya estoy golpeando a la puerta de mi nieta Monserrat.
Su madre nos ha encomendado a Monse por el día y la he venido a buscar tempranito, para sacarle jugo al día. Ella tiene 6 años y es mi nieta mayor. Propaga a los ocho vientos que yo estudio para ser payaso chino. Porque soy “muy chistoso” y porque una vez, viéndome sumido entre mis libros, me preguntó qué estudiaba tanto, y le respondí: “unas payasadas chinas”. Ahí quedé timbrado.
“¡Hola Tata!”
“¡Hoola mi morenita precioosa, que tengas un feliiz día del niiño!”
“Si”. Continúe leyendo El día del niño
No sé si todavía existirá entre los escolares de hoy, pero la pregunta “¿Cómo estoy?” era la manera más común de autoestimarnos cuando mi generación era todavía colegial. Una manera traviesa, jovial, de creerse el propio cuento, apoyada en alegres gestos de desplante que involucraban al cuerpo entero. Mientras que las voces “¡Cómo erís!” o “¡Cómo soi!” estaban reservadas para reprocharnos mutuamente vilezas o mezquindades. Desde entonces, creo, es que prefiero describir mi vida y lo que hago mediante el verbo estar en lugar del verbo ser.
(Un tiempo después de dejar el colegio vería respaldada esta preferencia nada menos que por nuestra filosofía autóctona latinoamericana… Ya me meteré por ahí).
Ese joven prejuicio contra el verbo ser me dió tempranos desencuentros con mi padre. Aún lo recuerdo increpándole a éste su primogénito, desde arriba de las escaleras del hogar, su ‘falta de ambición’. “¡Nunca he conocido a nadie tan carente de ella…!” – fue el tenor de sus palabras, y el de las mías (pensadas pero nunca dichas) fue: “Es curioso que piense ésto de alguien que está tan lleno de ambición”.
La razón no estaba de su parte ni de la mía. El apelaba al término “ambición” para lamentar la ausencia en su hijo de aspiraciones a llegar a ser “alguien”. Sin embargo su hijo por entonces ya estaba en otra… Ambicionando otras cosas, vagas y difusas, pero a su manera no menos ambiciosas…
Llegar a entender a Rilke y a Holderlin. Forzarle las puertas a la “verdad absoluta” (no invento, si hasta formamos una tertulia con otros condiscípulos y visitamos a gurúes de esa época buscando pistas para alcanzar a esa liebre tan escurridiza). Comprender lo que hace inhumano al ser humano, con Fromm y Marcuse. Descubrir, con Russell y Koestler, la clase de todas las clases, la ecuación final.
Y hasta el día de hoy (con mi padre ya largamente evacuado de su escalera) he seguido ambicionando esas peculiares ambiciones. Bien en vano, hay que decirlo.
Eso sí que a los 21 años casi, casi, las pillo. Fui a dar a un lugar donde se me presentó la bendita explicación que todo lo explicaba. Dí de bruces con ella como esos pájaros que a diario se dan tutes contra las fachadas de vidrio de Sanhattan en Vitacura – pues aquellas les prolongan arteramente el cielo, hasta con nubes y otros pájaros (¡ellos mismos y las nubes detrás suyo!) para hacer más realista la ilusión. No terminé como esas pobres aves, despaturradas en el pavimento. Pero igual salí bien remecidito de aquél lugar, y con la fórmula aquella desvanecida como un sueño o una fugaz epifanía.
Pero el haberla vislumbrado me hizo confiar en que habrá también otros lugares donde hallarla. Universos intangibles del pensamiento o mundos tan reales que podrías rascarte el lomo y aplastar tus piojos contra ellos.
Eso, y otras cosas que me sucedieron en ese mismo lugar, me dieron el pistoletazo inicial de una carrera que ha resultado ser de varios miles de kilómeteros más que los 100 metros planos, que corría bastante rápido de escolar.
Así es como he andado por el altiplano sudamericano y estado con sus dioses y sus ofrendas, en sus fiestas y en sus oráculos. He estado en el desierto chileno, hipnotizado con sus bailes a la virgen y sus cirios quemándome las manos. En el Brasil, no tanto de la samba y la bossanova (aunque no he dejado de pasearme “vitrineando” desde Copacaban hasta Leblón) como de la umbanda y el candomblé, donde me he visto en cada trance… y todo por ir a estar con sus brujos adivinos y a meterme a sus terreiros.
Llegué a la “Rubia Albión”, Inglaterra. Acogedorazo país donde he estado ya más de treinta años. Haciendo teatro, viajando, acopiando unos cuantos títulos académicos y finalmente enseñando. Dramas, cosmovisiones, pensamientos, ritos, teorías, máscaras y cosas por el estilo. Y aprendiendo también. Atando cabos, husmeando…
Llegué también a Escocia y Holanda (mejor no cuento esas paradas). A Irlanda, donde quizá anduve cerca otra vez de cazar a mi liebre, embrujado por una Siobhán que me ató a su lecho insular en county Clare como una Circe cualquiera, alimentándome tan sólo de ella, de su música y las letras y artes de su país, fastidiándome con duendes, hadas, gnomos, viejitos curcunchos ofreciendo cambiarte todo lo que tienes por botellitas azules, y todo tipo de leyendas sobre St. Patrick, hasta cada amanecer. Qué manera de quitarme el sueño mi Siobhán. Todo para que me quedara a estar largo con ella. Pero partí.
Estuve fugazmente en México, hospedado por Andrés (no sé si te parecerá que ponga tu nombre completo), mi mejor amigo de la adolescencia. México es un “lugar al cual la muerte se le parece bastante” según el inolvidable actor británico Ralph Richardson (viejo lindo, lleno de picardía), a quién una vez su amigo, ese otro inolvidable de Laurence Olivier (mira su Hamlet aquí), le quemara el trasero con un volador de luces lanzándolo sin querer, como ese misil boliviano de hace algunos días, a perseguir a Richardson por todo el patio y primer piso de su casa.
También he llegado al Africa de ritos de paso en chocitas de paja, y cabalgatas a mata caballo flameando túnicas rojas por las praderas. Allí mi hijo Danilo por milagro nomás no sucumbió a la malaria en Kisumo, junto al lago Victoria. Y hemos estado con él y su madre en el Estambul de mezquitas de millones de azulejos azules (perdón por la redundancia, es que de ese azul de las mezquitas le viene su nombre a todos los azulejos del mundo). La experiencia de estar metido, a pata pelada, dentro de ese azul como no hay otro igual afuera del mundo islámico, no se la puede contar… Hay que ir, estar allá, por fugazmente que sea…
(Koestler, en su The Act of Creation (una lectura de nuestras adolescentes tertulias) decía que varias inspiraciones decisivas para la ciencia habían venido en momentos fugaces – como una de Poincaré que le vino al poner el pie en el primer peldaño de un tranvía. Es decir, tuvo que salir de casa para ir hacia otro lugar. Aunque el otro lugar no fuera más que, qué sé yo, una tabaquería.)
Y ahora, ya encaneciendo, he ido a recalar en la China, todavía a la zaga de aquella liebre con su mortero de la inmortalidad en una mano y su bouquet de florcitas volantes en la otra. China, el país de los volantines, de los pendones y los voladores de luces.
(La enciclopedia esa de Borges que me cita Andrea Brandes en un comentario por ahí, existió de veras).
Ahora que lo pienso, China está llena de tabaquerías. Nunca he entrado, pues soy no fumador. ¿Y si mi liebre imposible se hubiera estado escondiendo en una cigarrería, sabiéndose allí segura, disfrutando plácidamente unos puchitos en vez de zanahorias?
En una de esas, en mi próximo viaje a China (en Octubre de este año, a cargo de un buen grupo de viajeros bastante entusiasmados) profano a este ser mío tan devoto del no fumar. Voy y me meto a una tabaquería, dispuesto a probarlo todo (si uno entra a una casa de té en China, tiene que degustar, y supongo que será parecido en las tabaquerías). Todo, con tal de estar allí un buen rato, por si llegara a saltar ya saben quién…
¿Cómo estaría eso, ah?
(Mientras no me pase lo mismo que a un campesino de 宋 Song en la época clásica, de quién cuenta Hanfei que un día le saltó una liebre que fué a azotarse y romperse la crisma contra un tronco. Merendó el labrador espléndida cena esa noche, pero al día siguiente, en lugar de volver a sus surcos, partió a apostarse junto al tronco a esperar que le saltara la próxima liebre. Meses después
aún seguía vigilando su tronco, y su plantación convertida en un peladero…)
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| ¿Cómo estoy? |
Héme aquí, merodeando ya casi los sesenta (en Chile recién cumplí 58, mas si contamos a la usanza china ya tengo 59 – y eso es vertiginoso) y arrastrando todavía mi juvenil prejuicio contra el verbo ‘ser’.
Voy a explicar este prejuicio con un ejemplo tomado del chico Pedro.
| autor: Renato Andrade, Nato ver más…>> |
Preámbulo: el chico Pedro es Shakespeare. Hasta hoy lo sigo llamando afectuosamente así en mis clases en español. Hace muchos años atrás se ganó ese apodo entre unos soldados de la Fuerza Aérea que se hallaban detenidos y a quienes la vida me llevó a enseñarles literatura, teatro, historia, ajedrez, cosas así. O tal vez me enseñaron ellos a mí, a aquél cuerpo extraño que había ido a varar allí. E ido a varar de veras: si a Shakespeare lo apodaron ‘chico Pedro’ por aquello que me oían pronunciar, yo me gané entre ellos el apodo de ‘Toribio el náufrago’ por mi facha. La que aún mantengo, sólo que lo negro se está volviendo blanco (menos los pantalones) y la guata se está volviendo convexa cuando era cóncava.
Cuento una anécdota ocurrida allí de las muchas que me hacen dudar del verdadero sentido en que en mis clases suele viajar el ‘aprendizaje’:
“Con todo respeto don ‘Nelsito’…
Me llamó así el hablante porque ‘Enzo’ no lo podía pronunciar. Y eso provocó que al llegar yo meses después a Londres, y ver el imponente monumento a Nelson en la plaza Trafalgar, y acto seguido el esmirriado homenaje a Shakespeare perdido en la arboleda de la vecina Leicester Square, pudiera haberle musitado: “¡Ahora entiendo por qué te decían ‘chico Pedro’!”. Pero no lo hice, porque en mí el ingenio vive llegando tarde a sus asuntos. Para ser ecuánime, tarda, y mucho, pero a veces llega. Por ejemplo, hace un rato atrás se me acaba de ocurrir que también podría haberle dicho al vate: “Si te sirve de consuelo, a mí me dicen ‘chico Nelson’.” Bueno, tal vez no sea tan ingenioso. Mejor sigamos…
| Danilo Cozzi con flor que vuela |
“…con todo respeto” – siguió mi interlocutor – “las mariposas no son insectos propiamentemente tales por cuales…”
(juro que así habló, con “mente” repetido y todo)
“…sino que son florcitas que vuelan”.
Quién así me habló fue un sargento petiso, obcecado como él solo y semi analfabeto, mientras blandía delante mío, como demoledora prueba de lo que decía, un capullo recién arrancado de una rama de álamo.
Oportunidad: durante mi clase de biología. Tema: la metamorfosis, pedido por los conscriptos…. (Nunca me había bien en biología. Los cuatritos coma cinco me caían en el libro de notas tintineando como chauchas en un chanchito.)
Mientras los conscriptos alrededor celebraban feroz y burlonamente la demostración del sargento, yo me limité a sonreír y seguir con la clase. Quién calla concede, por lo que el sargento, como si las risas de sus otrora subordinados no hubieran sido más que hurras, dió por probada su versión.
Yo ya he llegado a conceder que harta razón tenía. Otra laya, con más sentido, de razón. Con el correr del tiempo he debido seguir haciendo concesiones parecidas con respecto a muchas otras experiencias ‘docentes’ vividas por aquí y por allá…
Pero vamos al ejemplo tomado del Chico Pedro:
Cuando Hamlet declama su famoso “To be or not to be, that is the question…” y esa frase se traduce a nuestro idioma como: “Ser o no ser, esa es la cuestión…”, se ha eliminado allí de una plumada la mitad de los sentidos que el verso puede suscitar. Porque en inglés “to be” no solamente significa “ser” sino también, y por partes iguales, “estar”.
Y cuando ese estar ya no está, el ser no puede ser.
Ahí está la cuestión…
Oír: Cindy Quah, To be or not to be
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Me han pedido un posteo con una lista de mis competencias, talentos y saberes. Debo exhibir a público mi experiencia y cada galardón prendido a mis tetillas. Esa petición algo me incomoda pues me recuerda una lista de Confucio donde clasifica los saberes:

Imagen: Season Of The Grasshopper, Dr. Chan Joon Yee, Yours Toothfully.
"Lo mejor es nacer sabiendo.
Lo bueno es aprender estudiando.
Lo ahí ahí nomás es aprender a duras penas.
Y lo peor es sacarse la mugre y no aprender nada"
Cita libre mía de... Las analectas... creo...
(Me da lata ir a cotejar el libro, pero por ahí
cerca ha de estar el original de esta cita).
Ya lo sé, ya lo sé (¡ajá!). Cito medio en broma, medio en serio, como si ésto fuera un juego. Pero si no, ¿cómo precalentar antes de irme a confeccionar la solicitada lista, cosa de no sonar allí pomposo, grave, docto, dottore de Commedia, entendido o “estudiado”? ¿Cómo hacerle el quite, con mi ufana listilla enroscada entre costillas y antebrazo, a las categorías C y D del sabio chino? ¿Cómo irme a transmitir así, de sopetón y sin antes pelotear un rato, esta sensación de saber (después de todo) qué sé yo qué de ésto, lo otro y lo de más allá?
Me gusta ese Qué sé yo con que encabezo arriba, por sus múltiples sentidos. Expresa simultáneamente:
(1) Lo que sé (o debiera saber).
(2) ¡Lo que no sé!
(3) Lo que quizá cómo sé.
(4) Un saber inconcluso, tipo renacuajo de dos patitas con su metamorfosis incompleta, hecho de puro shì 勢 (potencial) o zhèn 震 (impulso germinal). O de pálpitos, corazonadas: ese ademán canino de alzar la nariz apuntando al cielo para husmear algo que en el aire estamos presintiendo, unos qué sé yo qué efluvios emanando desde la tupida selva de lo no sabido. Como aquél “Déjame suspirando un no sé qué que quedan balbuceando…” del Cantar de los Cantares en versión de San Juan de la Cruz.
Y me gustan también sus tonos, o medios tonos, con acordes (¡qué palabra, ah!) que armonizan, como si fuera la cosa más sencilla, una interjección, una afirmación y una pregunta.
De ese modo, respetando la polifonía de la expresión, pasaré, en la página que he nombrado “Qué sé yo”, a pasar revista a ciertos algos que supuestamente debiera yo ya saber a estas alturas. Eso por haberlos estudiado, aprendido, vivido, practicado, enseñado, demostrado, escuchado, visto con mis propios ojos, qué sé yo…
Volvámonos a encontrar allí en unos días…