Así comienza Heinrich Zimmer (quién mejor me ha enseñado a mirar el arte y la cultura hindú) su monumental obra póstuma Philosophies of India (Meridian Books, 1956):
“Nosotros en Occidente estamos a punto de llegar a una encrucijada que fuera alcanzada por los pensadores de la India como setecientos años antes de Cristo. Esa es la verdadera razón por la cual nos inquieta a la vez que nos estimula la confrontación con las ideas e imágenes del saber Oriental…”
El Mahabharataes el gran libro testimonial de aquella encrucijada a la que llegara hace unos tres mil años la civilización hindú. Narra los estertores cataclísmicos de un agónico mundo que llegaba a su fin, entreverado en una saga prometeica con los vagidos de un mundo nuevo que irrumpía a empellones desde sus vísceras. Un mundo nuevo, pero no un mundo mejor, en el cual según los hindúes vivimos aún, y al que dan el nombre de “Kali Yuga”: la era de la perfidia y la ignominia. Cambio de era que Vyasa, el real o mítico autor de la obra, relata con imaginación insuperada y tan apasionado como profundo corazón, entrecruzando las vidas y destinos de varias generaciones en una saga repleta de sorpresas y revelaciones.
Shakespeare escribe durante otro punto de inflexión, no menos cataclísmico, de la humanidad, sucedido en Occidente esta vez: el Renacimiento, o cambio de era desde el medioevo a la modernidad en la que ahora todavía vivimos. Mundo, entonces emergente, acerca del cual Shakespeare no se hace ilusiones, aunque tal vez no lo imagine tan despiadado como los hindués pintan al mundo que naciera por la época del Mahabharata. Sin embargo, aún está por verse si acaso éste mundo nuestro ha sido un mundo mejor, o si no ha sido un poco menos funesto que Kali no más, una época también catastrófica para la humanidad, cuyas peores catástrofes quizá estén aún por venir. En sus obras el “Cisne del Avon” (todos sabemos cuándo cantan los cisnes) entrega también un testimonio, con imaginación y pasión no menores que las de su precursor Oriental, de aquél traumático tránsito entre dos mundos, con sus acertijos y encrucijadas.
Hay quienes piensan, como Zimmer en la cita del comienzo, que nos hallamos en los albores de otro cambio de era o recambio de mundos, período al que:
“Deberemos entrar de nuestras propias maneras, resolviendo por nosotros mismos sus interrogantes, pues aunque la verdad, el fulgor de la realidad, es universal, aparece de manera distinta en distintas eras y lugares, dependiendo de los materiales que la vida allí provee.” (Zimmer, 1)
¿Qué materiales nos estará hoy en día proveyendo la vida, qué nuevas miradas y conductas nos podría estar proponiendo, que pudieran ser caldo de cultivo y almácigo de una nueva era? ¿Qué ímpetus, qué fuerzas, qué miradas serán las llamadas, si acaso, a inseminarle otra era a este mundo de hoy? Y, la pregunta de las preguntas… ¿irá a ser mejor o peor ese mundo?
Estas y otras preguntas examinaremos en este curso taller conmigo y Andrea Brandes, cruzando personajes y episodios del Mahabharata con otros de Shakespeare, para detectar si en esta época nuestra hay fuerzas, ímpetus, miradas, conductas e ideas análogas a las que Vyasa y el Cisne de Avon identificaran como las agencias cruciales en provocar sus históricos cambios de mundos.
Shakespeare y Mahabharata: creatividad y cambio de era Fechas y horas: Lunes 2, 9, 16, 23 de Junio 2014, 19:00 – 21:00 horas Dirección: Nueva Costanera 3355 (Nva Cost 3355, en Google Maps), Vitacura. Contacto: Andrea Brandes: celular 9919 5795 – Enzo Cozzi: celular 5667 8829 Valor: $80.000. Estudiantes: $40.000
Lámina del Mahabharata – Balabhadra combate a Jarasandha
Mi nieta inglesa Rebecca sigue empeñada en sorprendernos con nuevas lecciones, como si alguien le hubiera soplado al oído nuestro propósito de tratar a los niños como maestros, y se hubiera puesto en seguida a desplegar para mí algunas joyas de su repertorio magistral. Con la idea cabal, imagino, de asegurarse un puesto dentro de nuestro plantel; y no un puesto cualquiera, sino uno de “cabecilla”, de eminencia sin duda, pues Rebecca jamás estará a sus anchas en un rol que no sea aquél que le viene por naturaleza: liderar e ir de vanguardia en todo lo que sea discurrir, idear e inventar.
Este fue el plan “B” de Rebecca, narrado por mi hija Karin, su madre:
“Mi hija menor Ellie tiene uno de esos juguetes didácticos que consisten en unos cubos de madera de distintos colores, con el alfabeto, los números y signos aritméticos dibujados en ellos, y todos encajan dentro de un carrito. Peter (su padre) estaba buscando uno de los cubos que estaba perdido, no lo podia encontrar por ninguna parte, así que les dijo a Sofía y Rebecca, mis otras dos hijas:
“Si encuentran el cubo que nos falta les daré un ‘treat’ (una golosina).”
Las niñas partieron a buscarlo. Después de 15 minutos Becky (Rebecca) volvió a decirnos que ¡lo había encontrado! ¡yippee!
Peter miró el carrito desde la puerta de la habitación y efectivamente se veía completo, así que les dió sus ‘treats’.
Así vió el carrito con los cubos didácticos Peter desde la puerta de la habitación de su hija
Pero antes de ir acostarnos, pasamos a desearles buenas noches y pudimos ver más de cerca el carrito con los cubos. Ahí nos fijamos que el cubo faltante había sido reemplazado por un taco de papel para anotaciones, que era del mismo porte que los cubos, y alguien (¡Becky! ¡porque la “B” estaba escrita al revés!) había escrito una letra “B” encima de la primera hoja.
¡Nos había engañado la cabrita de porquería! My four year old had fooled us! (‘¡Mi hija de 4 años nos había hecho lesos!’).”
Esta exquisita estratagema de trompe-l’oeil (“engañar al ojo”) me evocó de inmediato a quizá la más famosa todas: la estratagema de los “soldados de paja” del héroe cultural chino Zhuge Liang. Este general de la época de los Tres Reinos, venerado hasta hoy en China por su saber e inteligencia, al escasearle las flechas a su ejército en vísperas de una batalla crucial, y aprovechando unos bancos de niebla que entorpecían la vista, hizo tocar “¡A la carga!” en los tambores y lanzó contra el enemigo una gran escuadra de barcos atestados de muñecos de paja vestidos como soldados. Con ello, en unas pocas horas “cosechó” cien mil flechas enemigas que quedaron incrustadas en los monigotes.
Fuera de la astucia e ingenio que la emparentan con lo más selecto del género, la estratagema de Rebecca despliega un abanico de otras destrezas del pensamiento: manejo del lenguaje (puso la “B” en el segundo lugar), asociación de ideas, asociación por forma (ésta figura con prominencia en los tests de IQ), manejo del contexto espacial y lumínico, etc. Y sobre todo, es pensamiento en acción, sobre la marcha, pensamiento puesto en práctica y ejecutado.
Hay allí varias habilidades, llamémoslas “intangibles”, que no suelen enseñarse en el aula, por lo que es legítimo suponer que Rebecca no las aprendió allí, sino que las trae desde “otra parte” y las sabe “desde siempre”, según la inspirada frase de otro magnífico chino, Confucio:
“Lo mejor es nacer sabiendo. Aprender con diligencia es lo segundo mejor…” (Las Analectas) .
Saberes innatos, espontáneos, que no se aprenden en la educación, sino que todo el revés: en la educación, esa especie de barraca de estandardización y uniformización donde podríamos decir que entramos como árboles y salimos hechos tablones, se los pierde. De ahí el valor de la idea de tratar a los niños como maestros; a ver si de ese modo, gracias a ellos y bajo la tutela de su espontánea sabiduría, conseguimos re-aprender esos saberes perdidos.
Hay otros saberes perdidos que esta lección de Rebecca nos convida, indirectamente, a recuperar. Saberes sabrosos y divertidos, picarescos y contestatarios. Saberes de la calle, de la plaza, de las fiestas populares, del humor de “La Vega”, de los mercados y los comediantes trashumantes de antaño. Los saberes de la máscara, la prestidigitación, la magia y el carnaval. Porque en aquel ardid con el que Rebecca hace lesos a sus propios padres, y haciéndolos lesos baja de su pedestal a las máximas autoridades que presiden (“Despotismo Amoroso”) sobre su vida, ella se pone otro famoso “Manto” concebido por un renovador del pensamiento educacional. No ya el “Manto del Experto” de Dorothy Heathcote que tan hábilmente se pusiera Monserrat en la primera anécdota de esta serie, sino uno más antiguo que aquél, y harto más radical y provocativo: el “Manto de Panurgo”, imaginado por el incomparable renacentista François Rabelais.
Rabelais escribe su famoso Gargantua y Pantagruel en un espíritu parecido al que inspira a otros pensadores de su tiempo, como Erasmo de Rotterdam en su Elogio de la locura, René Descartes en sus Meditaciones metafísicas y Francis Bacon en su Novum Organum: remecer los cimientos del paradigma intelectual entonces imperante, para fundar uno nuevo.
Ese propósito renovador que los demás acometen desde registros filosóficos cultos, Rabelais lo acomete desde la picaresca y el registro popular, festivo y carnavalesco. Si de subvertir el viejo mundo se trataba, nada mejor, según él, que el humor, el grotesco, la picardía y la risa, y mientras más infantiles, escatológicos y desenfadados, mejor. Y de la galería de personajes que para esos efectos Rabelais despliega en su novela, Panurgo es el pícaro y bufón número uno, atormentador y trastocador por antonomasia de toda pompa, alcurnia, solemnidad, dogma, autoritarismo, fatuidad, hipocresía y vanidad, incluyendo (y esto no es algo menor) las propias suyas. Sobre todo, es un pícaro terrible de “cabro chico”, digno acólito de aquella alma de niño en cuerpo de gigante que es su patrón Pantagruel.
Este Panurgo solía vestir un manto provisto de múltiples bolsillos secretos, donde llevaba todo tipo de implementos útiles para urdir sus tretas y estratagemas. Favoritos suyos eran los alfileres de gancho, agujas de coser y una diversidad de pomos con ungüentos malolientes, adminículos con los que se daba maña para intervenir subrepticiamente sotanas de prelados y faldas de socialités, con el fin de bajarlos a ambos de sus pedestales, dejando expuestas las partes menos higiénicas de las anatomías de unos, o acosadas por perros vagos a otras, en momentos climáticos como homilías y misas solemnes, mientras él se revolcaba de la risa tras bambalinas.
Detrás de esa hilaridad hay un propósito serio, más serio aún que la evidente sátira social, y que áun conserva plena vigencia. Rabelais busca desarticular hábitos de pensamiento anquilosados y estereotipados mediante una deliberada contaminación de la alta cultura por la tradición popular. Busca enseñarnos de nuevo a pensar con espontaneidad y frescura, a pensar a extramuros del paradigma vigente, pensar desde el cuerpo, desde el niño, desde el cuento de hadas, desde otras lógicas, desde otras preguntas y otras miradas. Devolvernos, en fin, la capacidad y el goce lúdico de descubrir y urdir nuevos mundos y realidades para la vida y el pensamiento.
El “Manto de Panurgo”, que podríamos también llamar “Manto de la picardía”, es una más de entre una infinidad de ingeniosas locuras que con tal fin se despliegan en Gargantúa y Pantagruel, con Panurgo en el centro de muchas de ellas. Ese es el “Manto” con que Rebecca se vistió para su sofisticada estratagema con los cubos didácticos. Sólo que lo ocupó con una crucial diferencia con sus ilustres precursores. Lo que en Rabelais y en Panurgo es un dispositivo premeditado, un mecanismo cuidadosamente planeado, primero, y ejecutado laboriosamente después, en Rebecca es pura y espontánea improvisación creativa, inspiración del momento, pensamiento y acción en estado naciente.
Y ese arte precoz, que nosotros, con todas nuestras armazones intelectuales, hemos perdido, no hay novelista en el mundo capaz de devolvérnoslo del todo, por ingenioso, loco y creativo que sea, ni aún Rabelais. Quizá sea un saber para el cual sólo Rebecca y sus pares tengan la llave, y eso es algo que supongo que Rabelais intuía. ¿De otro modo, por qué darle a sus personajes, al mismo tiempo que una rara sofisticación filosófica, rasgos de conducta y salida tras salida tan, pero tan, infantiles?
Volveré a visitar nuevamente, en estas mismas páginas, este tema de tratar a los niños como maestros. Continuará…